REPORTAJE: Los vigías del aire

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“Nunca salirse del protocolo , nunca abandonar el puesto de control y, sobre todo… nunca, pero nunca quedarse dormido”.

Parece simple , pero el protocolo de acción que rige al centenar de funcionarios del servicio de control aéreo de Santiago resulta de vida o muerte.

Este equipo trabaja día a día para que las operaciones aéreas en el país sean seguras, y, en los tres centros de control aéreo de la capital (el Centro Oceánico, el centro de control de Área Santiago y la torre de control del Arturo Merino Benítez), deben enfrentar a diario un sinnúmero de circunstancias, emergencias y necesidades que involucran a las más de 450 operaciones aéreas diarias que salen, arriban o pasan por el país.

Es un lugar común decir que Chile es un país pequeño. La percepción cambia si se considera que posee uno de los espacios aéreos más extensos del mundo, con más 32 millones de kilómetros cuadrados de jurisdicción, el equivalente a dos veces el tamaño de Rusia.

El nivel de responsabilidad de quienes controlan esa gigantesca superficie -guiando aviones, asignando rutas y ayudando en las aproximaciones- sólo se compara a la de sus similares de Canadá y Nueva Zelandia, vecino nuestro en esos límites aéreo-marítimos.

Además, el fuerte crecimiento del tráfico aéreo en el país durante la última década ha llevado al control nacional a administrar unos 600 mil vuelos anuales y obligó a la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC) a dar un nuevo salto tecnológico en términos de personal y equipamiento: próximamente fundirá en sus oficinas de calle San Pablo (Pudahuel) los equipos humanos, técnicos y software del área Control Aéreo Santiago con el sistema de Control Oceánico, para otorgar aún mejores estándares de seguridad tanto a los vuelos.

Para ello, una veintena de aspirantes a controlador aéreo ya comenzaron a instruirse en el arte de administrar y conducir aparatos con hasta 250 personas por rutas que no se ven, enfrentando condiciones meteorológicas que no se sienten y en aviones que no se escuchan.

Al cabo de dos años, los aspirantes asistirán a la gran prueba de sus vidas, cuando sean puestos frente al puesto de control para “despegar”, “aterrizar” o “enrutar” hasta 40 vuelos por hora provistos de una radio, un radar y una plantilla con información del clima imperante.

“Es el patio trasero del mundo”

Para Marcial Vidal , jefe del Centro de Control Oceánico, el nivel de exigencia en este trabajo no se mide por cansancio o entusiasmo. “Es un dato duro: en los últimos 10 años, la cantidad de vuelos que salen desde Chile o pasan por el país para cruzar el océano subió 7%”.

Cree que el problema se da porque, pese a ser uno de los espacios aéreos más extensos, no dejamos de ser el patio trasero de las grandes potencias. De hecho, resulta frecuente para estos hombres recibir, de vez en cuando, un correo de alguna agencia espacial anunciando la fecha y hora en que una chatarra espacial caerá sobre parte de nuestra área de jurisdicción.

Vidal y sus seis compañeros no viven el estrés que se siente, por ejemplo, en una torre de control. Para ellos, la labor más llamativa es la administración de los vuelos 800 -aquellos que proceden de Australia y Nueva Zelandia- y los 801 -los que viajan en el sentido contrario-, y que cada 24 horas se cruzan exactamente en el mismo punto del Pacífico.

“En la mesa de control no existe nada más”

Trabajando a 60 metros de tierra firme , en la torre de control más alta de América Latina, los profesionales del Centro de Control Santiago, el más congestionado y estresado punto de contacto aéreo de la capital, viven otra realidad.

Ahí, cada uno puede llegar a manejar hasta 40 operaciones diarias, en turnos de ocho horas en las que intercalan dos de “mesa” por una de descanso. Para esos 60 minutos cuentan con una sala de descanso con cómodos bergeres , TV satelital y computadores para chatear.El resto del tiempo, los operadores del Centro Santiago experimentan la misma intensidad que ha convertido a ésta en una de las ocupaciones más estresantes del planeta.

Según la supervisora Ivonne Labbé, de 46 años y 25 de ejercicio, “es complejo manejar varios elementos de análisis a la vez, pero como siempre digo: una nace para esto. La vocación se lleva en la sangre”.

Acostumbrada a trabajar bajo presión , luego de iniciarse como controladora de la compleja torre de Antofagasta, donde las operaciones de la FACh demandaban al menos una emergencia diaria, Labbé revela su secreto: “Cuando uno conecta el micrófono y comienza su labor, todo debe desaparecer. No hay celular, no hay problemas, no hay esposo ni familia, en ese rato sólo vale brindar seguridad a mis operaciones aéreas”. Punto.

“El estrés está en la cantidad de variables”

Roxana Herrera , supervisora de la torre de Control del aeropuerto internacional de Santiago, cree que la clave está en la experiencia y el cariño por la labor. “Este es el trabajo más emocionante del mundo. Aquí, un turno nunca es igual a otro y nunca se debe olvidar que uno presta un servicio y que éste que debe ser de la mejor calidad”, afirma en una pausa.

Pese a que la torre de control tiene la misión específica de aterrizar y despegar aviones (no efectúa control en ruta), es la más recargada de las tres unidades. Debe soportar alrededor de 400 operaciones diarias, más el tráfico terrestre. “En verdad son muchas las variables que hay que manejar: altitud, condición meteorológica, estado de la pista, coordinaciones previas respecto del avión y todo en una sola operación. Por eso, lo importante es la concentración en lo que uno hace”, sostiene Herrera.

Dice que aun con toda la tecnología e instrumentos de apoyo, “es el ser humano el factor de valor en todo esto. De uno depende que las condiciones de los vuelos no dejen de ser seguras”. Hasta el momento no hay episodios que deba lamentar.

En la década pasada , sin embargo, debieron cambiar el procedimiento de relevos y supervisión. ¿La razón? Uno de los controladores se quedó dormido frente al radar. Por eso, Herrera repite la máxima que los controladores deben grabar a fuego en su memoria: “Nunca salirse de la norma, nunca abandonar el puesto de control, y sobre todo… nunca, pero nunca quedarse dormido”.

Fuente: www.elmercurio.com

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